El cuerpo está formado por billones de células que constituyen los distintos órganos y tejidos. La gran mayoría de ellas surgen durante el desarrollo embrionario a partir de una única célula, el cigoto. El desarrollo embrionario es un proceso complejo donde las células proliferan, es decir, se dividen, siguiendo un programa genético muy controlado que hemos adquirido como consecuencia de millones de años de evolución.

Un hecho destacable es que dicha proliferación celular no acaba en la edad adulta. Seguimos teniendo células capaces de dividirse cada cierto tiempo, como por ejemplo las células hematopoyéticas, que dan lugar a los glóbulos blancos que nos protegen de agentes infecciosos o glóbulos rojos que transportan el oxígeno a los tejidos y el dióxido de carbono de los tejidos a los pulmones. Pero por buena que sea la maquinaria, tarde o temprano puede fallar.

Desafortunadamente, las células no son una excepción. Cuando éstas pierden el control son incapaces de dejar de dividirse y dan lugar al desarrollo de crecimientos anormales que, de forma genérica, llamamos tumores.

Algunos tumores son benignos, es decir, no son capaces de diseminarse a otros sitios del organismo, aunque podrían ser peligrosos si presionan órganos vitales. Otros, por el contrario, son malignos, o cancerosos. Por tanto, si no son diagnosticados y tratados a tiempo podrían invadir el tejido circundante o bien diseminarse o expandirse a otros órganos y/o tejidos. El tumor que se origina en primer lugar es el tumor primario, mientras que el crecimiento de las células diseminadas es el tumor secundario o metástasis.

En base a una serie de pruebas diagnósticas, que incluyen la exploración física, las pruebas de imagen y las evaluaciones histológicas, que analizan las características de las células, el médico es capaz de identificar fácilmente el tumor primario. Es este profesional quien le da nombre y también el que define el tratamiento más apropiado en cada caso. Así, por ejemplo, cuando un cáncer de mama se ha diseminado al hígado decimos que el paciente tiene un cáncer de mama con metástasis hepáticas y, por tanto, será tratado como un cáncer de mama y no como un cáncer de hígado.

Sin embargo, en ocasiones el tumor primario es muy pequeño como para producir síntomas o dejar verse en las pruebas de imagen. Además, las células tumorales metastásicas han perdido por completo las características histológicas propias del tumor de origen. En estos casos, donde el tumor primario permanece oculto, no solo no es posible nombrar al tumor como en el ejemplo anterior, sino que además es muy difícil para el médico establecer el tratamiento más adecuado. En estos casos decimos que el paciente presenta un cáncer de origen desconocido (COD).

Afortunadamente, los avances tecnológicos, consecuencia de innumerables años de investigación y desarrollo, permiten el surgimiento de nuevas pruebas diagnósticas. Se ha pasado de la radiografía de rayos X descubierta a finales del siglo XIX a las tomografías computarizadas del siglo XX. O de las simples pero muy útiles características histológicas a la identificación de marcadores específicos como son las mutaciones (modificaciones irreversibles del ADN), los perfiles de expresión génica (qué genes se expresan y cuáles no) o, más recientemente, los alentadores resultados obtenidos con los perfiles de metilación del ADN, un tipo concreto de modificación epigenética (modificaciones potencialmente reversibles del ADN). Sin duda, son estos avances, junto a los fármacos de nueva generación, los que han ayudado a disminuir la mortalidad debida al cáncer en las últimas dos décadas.

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Sebastián Chiavenna
Head of Project Development FERRER ADVANCED BIOTHERAPEUTICS