Somos lo que comemos. En el siglo XIX, el filósofo y antropólogo alemán Ludwig Feuerbach habría acuñado esta frase haciendo referencia a que el hombre no solo necesita pan y agua para alimentarse. Independientemente de la crítica que Feuerbach intentaba hacer de la visión clásica de la iglesia, esta expresión hoy parece tomar connotaciones distintas, al menos desde un punto de vista biológico. O, más concretamente, epigenético.

El mecanismo epigenético lo podemos entender como un sistema complejo que permite utilizar selectivamente la información genética, activando y desactivando determinados genes funcionales. En 1957, Conrad Waddington presentó su “paisaje epigenético” para ejemplificar una serie de conceptos de la biología del desarrollo. En este paisaje hay una bola en lo alto de la colina. Cuando empieza a rodar hacia abajo, puede coger uno u otro valle. Sabemos que, una vez llegue a su destino, es probable que la bola se quede allí a menos que hagamos algo con ella.

En el modelo propuesto por Waddington, la bola en la cima representa el cigoto y aquellas rodando colina abajo, encaminándose a uno u otro valle, representan las diversas células que conforman el organismo. En este proceso de diferenciación celular, que ocurre durante el desarrollo embrionario, la epigenética juega un papel preponderante. Tal es así, que cada tipo celular es portador de características epigenéticas únicas, como si cada una de ellas dispusiera de su propio carnet de identidad.

Si bien hay varios tipos de modificaciones epigenéticas, sin duda la más estudiada es la metilación - la introducción de un grupo químico llamado metilo- de los nucleótidos de citosina. Hoy sabemos que cuando estos nucleótidos están metilados evitan la expresión de los genes afectados. Por el contrario, cuando no lo están permiten su expresión. De esta manera, la metilación del ADN funciona como si fuese un interruptor que “enciende” y “apaga” genes de forma selectiva.

La exposición continua al medio que nos rodea introduce marcas epigenéticas en nuestro ADN que pueden conducir a encender o apagar genes de forma irregular provocando el desarrollo de enfermedades. Por lo tanto, no es lo mismo vivir en Pekín, donde los niveles de polución están por encima de los máximos recomendados por la OMS, que en los idílicos Alpes suizos por donde solía corretear Heidi y su cabrita.

Igualmente perjudiciales son los malos hábitos como el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol, el sedentarismo o el estrés, entre otros. Pero, afortunadamente, la huella que vamos dejando en nuestro ADN a lo largo de la vida no es absolutamente inalterable. A diferencia de las mutaciones o modificaciones irreversibles del ADN, las marcas epigenéticas pueden ser “escritas” y potencialmente “borradas”. Por lo tanto, si recuperamos un estilo de vida adecuado no cabe duda de que impactará de forma positiva en nuestra salud.

Llegados a este punto, podemos afirmar que no somos el resultado de lo que comemos como decía Feuerbach, sino el resultado de todo lo que vivimos, algo que podemos evidenciar, al menos de forma testimonial, en los estudios llevados a cabo en gemelos univitelinos.

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Sebastián Chiavenna
Head of Project Development FERRER ADVANCED BIOTHERAPEUTICS